Cinco días para adaptarse al cambio de hora

IA
Cantabria retrasará los relojes en la madrugada del domingo 25 de octubre. Mover desde hoy unos minutos el sueño, las comidas y otras rutinas puede ayudar al cuerpo a asumir mejor el horario de invierno
Cantabria, 20 de octubre de 2026.– El reloj cambiará en un instante, pero el cuerpo puede necesitar varios días. Quedan cinco para la llegada del horario de invierno y ese margen puede aprovecharse para hacer una adaptación progresiva, especialmente en niños, personas mayores y quienes suelen notar más las alteraciones del sueño.
En la madrugada del sábado 24 al domingo 25 de octubre, a las 03.00 horas volverán a ser las 02.00 en la España peninsular y Baleares. En Canarias, a las dos volverá a ser la una. El domingo tendrá oficialmente 25 horas.
La recomendación más práctica es sencilla: no esperar a la noche del sábado. Siempre que las obligaciones personales y laborales lo permitan, durante estos días se pueden retrasar unos 15 o 20 minutos las rutinas habituales.
Acostarse, levantarse y comer un poco más tarde cada día permite acercarse progresivamente al horario que encontraremos el domingo. No hace falta seguir una tabla rígida ni modificar de golpe toda la jornada. La clave está en hacerlo poco a poco y sin reducir las horas de sueño.
La luz también juega un papel importante. Aprovechar la claridad natural durante el día ayuda al organismo a sincronizarse, mientras que reducir por la noche la iluminación intensa y el uso prolongado de pantallas puede facilitar el descanso.
En las familias con niños, introducir pequeños cambios durante la semana puede evitar que todo el ajuste llegue de golpe el domingo. Algo parecido ocurre con las personas mayores, que figuran entre los grupos que pueden mostrarse más sensibles a las modificaciones horarias.
¿Y por qué una sola hora puede notarse tanto?
Nuestro organismo funciona mediante ritmos circadianos, ciclos de unas 24 horas que regulan, entre otras funciones, el sueño, la vigilia, la temperatura corporal y la liberación de determinadas hormonas.
La luz es una de sus principales señales. Cuando retrasamos el reloj, el organismo no cambia inmediatamente con él.
Una persona acostumbrada a despertarse espontáneamente a las siete puede abrir los ojos a las seis del nuevo horario durante los primeros días. El hambre y la sensación de sueño también pueden aparecer antes de lo habitual.
Algunas personas pueden notar temporalmente irritabilidad, dificultades para concentrarse, alteraciones del descanso o menor rendimiento. No existe, sin embargo, un periodo de adaptación igual para todos: hay quien apenas percibe el cambio y quien necesita varios días.
Tampoco conviene atribuir automáticamente al reloj cualquier cansancio que aparezca en otoño. Dormir poco, las jornadas laborales, los hábitos personales o determinados problemas de salud pueden coincidir con estas fechas.
Y aunque solemos decir que el domingo “dormiremos una hora más”, no necesariamente será así.
La madrugada ofrece una hora adicional, pero cada persona decidirá, consciente o inconscientemente, qué hace con ella. Quien se acueste más tarde puede consumir ese margen y quien mantenga sus hábitos puede despertarse antes según el nuevo horario.
El cambio tampoco compensa una falta de sueño acumulada. Dormir bien depende mucho más de la regularidad y de disponer cada día de tiempo suficiente para descansar.
El ajuste de octubre tampoco tiene los mismos efectos que el de marzo. En primavera adelantamos el reloj y esa noche perdemos una hora; en otoño lo retrasamos.
La literatura científica ha relacionado especialmente la transición de primavera con aumentos transitorios de determinados problemas cardiovasculares y accidentes. Esos resultados no deben trasladarse automáticamente al cambio de octubre ni interpretarse como una predicción individual de enfermedad.
El horario de invierno tiene además un argumento a su favor desde el punto de vista biológico: acerca la luz de la mañana al comienzo de nuestra actividad diaria.
La Sociedad Española de Sueño considera que el horario estándar favorece una mejor sincronización del organismo y ha defendido su mantenimiento durante todo el año.
Eso no significa necesariamente defender los dos cambios anuales. Es posible considerar más adecuado el horario de invierno y, al mismo tiempo, cuestionar que el cuerpo tenga que reajustarse cada primavera y cada otoño.
La otra cara será evidente desde el domingo: anochecerá antes según el reloj.
No perderemos una hora de luz solar. Simplemente la encontraremos distribuida de otra manera.
En Santander, Torrelavega, Castro Urdiales, Reinosa y el resto de Cantabria habrá más claridad en determinadas horas de la mañana y menos margen al final de la tarde.
Quienes terminen de trabajar o estudiar a media tarde dispondrán de menos tiempo de luz para pasear, hacer deporte o realizar actividades al aire libre.
También conviene tenerlo especialmente presente en las salidas al monte. Una ruta calculada con las referencias horarias de semanas anteriores puede terminar con mucha menos luz de la prevista.
El adelanto del anochecer puede hacer también más perceptible la llegada de los meses oscuros, aunque el cambio horario por sí solo no explica un problema persistente de ánimo.
El trastorno afectivo estacional es una forma de depresión asociada a determinados patrones estacionales. Tristeza persistente, pérdida de interés, falta de energía o dificultades de concentración requieren valoración sanitaria cuando son intensas, se prolongan o interfieren con la vida cotidiana.
El horario que estrenaremos el domingo permanecerá hasta el 28 de marzo de 2027, cuando volverá el de verano y realizaremos la operación contraria: a las dos serán las tres en la Península y Baleares.
Pero ¿por qué seguimos cambiando la hora?
La razón original fue energética: aprovechar mejor la luz natural para reducir el uso de iluminación artificial.
España reguló por primera vez el cambio estacional mediante el Real Decreto de 3 de abril de 1918, que justificaba el adelanto horario por la necesidad de ahorrar carbón.
Su aplicación tuvo posteriormente diferentes etapas y discontinuidades hasta que el sistema se recuperó en 1974, en plena crisis energética.
En Europa se añadió además otra necesidad: coordinar los cambios entre países para evitar problemas en transportes, comercio y comunicaciones. La armonización comunitaria comenzó en 1980 y la normativa actual establece el comienzo del horario de verano el último domingo de marzo y su finalización el último domingo de octubre.
Otra cuestión distinta es el huso horario español.
La adopción de la hora de Europa Central en la España peninsular se produjo mediante una orden de 7 de marzo de 1940, pero aquello no fue el origen de los cambios estacionales.
Cantabria utiliza actualmente UTC+1 en invierno y UTC+2 en verano. Eliminar los cambios de marzo y octubre y modificar el huso horario serían, por tanto, dos decisiones diferentes.
Y pese a los anuncios y debates de los últimos años, el cambio de este domingo no está previsto oficialmente como el último.
Una parte de la confusión procede de una orden española que recogía el calendario de cambios entre 2022 y 2026. Que la tabla terminase este año no suponía que desapareciera el sistema.
De hecho, la Comisión Europea publicó en marzo de 2026 las fechas previstas para los cambios de 2027, 2028, 2029, 2030 y 2031.
Eso tampoco garantiza que vayan a mantenerse hasta entonces. Si cambia la normativa, el calendario podría quedar sin efecto. Lo que confirma es que, a día de hoy, el sistema continúa.
Europa lleva años intentando resolver la cuestión.
En 2018, una consulta pública de la Comisión Europea recibió alrededor de 4,6 millones de respuestas y el 84% de los participantes se mostró favorable a eliminar los cambios.
La cifra debe interpretarse con cautela: fue una consulta voluntaria y no una encuesta representativa del conjunto de la población europea.
En marzo de 2019, el Parlamento Europeo respaldó poner fin a los cambios en 2021, pero aquella fecha nunca llegó a aplicarse porque el procedimiento legislativo no se completó. A día de hoy no existe una decisión definitiva.
También se ha debilitado uno de los argumentos históricos: el ahorro energético.
Durante años se citó una estimación del IDAE según la cual el ahorro potencial podía alcanzar el 5% del consumo eléctrico destinado a iluminación, equivalente entonces a unos 300 millones de euros.
No era un ahorro del 5% de toda la energía consumida en España ni una rebaja garantizada en cada factura doméstica.
Ya en 2019 el Gobierno señalaba que los posibles ahorros eran marginales y que podían variar según el clima, la geografía y el comportamiento de los usuarios. Un menor gasto en iluminación puede convivir, por ejemplo, con un mayor consumo de calefacción.
Además, la generalización de la iluminación eficiente, las mejoras en climatización y edificios y el autoconsumo han cambiado las condiciones sobre las que se hicieron muchos de aquellos cálculos. Las estimaciones de hace años no pueden presentarse como el ahorro real de 2026.
Cuando llegue el domingo, gran parte de los dispositivos harán el trabajo por nosotros.
Móviles, ordenadores y aparatos conectados suelen cambiar automáticamente si tienen correctamente configurada la fecha y la zona horaria. Habrá que comprobar, en cambio, relojes de pared, algunos electrodomésticos y vehículos.
La madrugada tendrá además una peculiaridad: el tramo comprendido entre las dos y las tres se repetirá. Por eso, la normativa exige identificar correctamente la hora en determinadas actuaciones policiales y administrativas en las que el momento exacto pueda tener consecuencias jurídicas o de seguridad.
Para el resto, basta recordar una regla sencilla: el domingo 25, a las tres volverán a ser las dos.
El reloj tardará unos segundos en adaptarse. Nuestro cuerpo puede necesitar varios días.
Por eso, esta vez, podemos empezar desde hoy.