Rosa Rodríguez, autora de La semilla que soñaba con ser niño: «Un vínculo no se construye solo desde la genética»

Rosa Rodríguez vuelve a la literatura infantil con La semilla que soñaba con ser niño, su cuarta obra publicada junto a Editorial Gusanillo. Ilustrado por Laura García Gómez, el cuento aborda la ovodonación y las distintas formas de formar una familia mediante la historia de Lorena, Marce y su hijo Manuel.
08 Octubre 2026
La autora recurre a la metáfora de una semilla que encuentra el lugar donde crecer para explicar a los más pequeños un proceso complejo, sin ocultar la espera, los intentos fallidos y las emociones que lo acompañan. Hablamos con Rosa Rodríguez sobre el origen del libro, el tratamiento de un asunto tan sensible y el papel de la literatura infantil como herramienta para facilitar el diálogo dentro de las familias.
¿Cómo nació la idea de escribir La semilla que soñaba con ser niño?
Nació de la historia real de Lorena y Marce. Lorena es prima de mi marido y fue ella quien me pidió expresamente que hiciera este cuento para explicarle a su niño Manuel que acaba de nacer su historia real. Así que podemos decir que es una historia que la he vivido desde muy cerca.
¿Por qué decidió abordar la ovodonación a través de un cuento dirigido al público infantil?
Porque me parece que es un tema que necesita más visibilidad a nivel educativo. Para los mayores hay mucha información pero muchos niños crecen sin saber realmente cómo nació su historia y siempre he necesitado hablarles a los niños desde la más absoluta sinceridad.
¿Está la historia inspirada en alguna experiencia personal o cercana, o surgió después de un proceso de investigación?
Además de mi inquietud por temas especialmente sensibles como enfermera, la historia me tocó muy de cerca con Lorena, Marce y Manuel como ya he mencionado antes. No obstante, la he vivido muy de cerca también con otros amigos que se encontraron en la misma situación, e incluso ahora mismo tengo otros familiares en esta búsqueda de familia.
El título encierra una metáfora muy poderosa. ¿Qué representa esa semilla que sueña con convertirse en niño?
Representa la esperanza, la fe y el amor con el que las personas buscan formar su familia.
El libro habla del amor y la esperanza, pero también de los momentos difíciles y de los intentos fallidos. ¿Cómo encontró el equilibrio para tratar ambas realidades?
Creo que la vida es precisamente eso: una mezcla de luz y de momentos difíciles. No quería contar una historia en la que todo saliera bien a la primera, porque eso no siempre ocurre. A veces hay
que intentarlo muchas veces, frustrarse, volver a empezar y aprender a esperar. Para mí era importante que el libro hablara de esperanza, sí, pero de una esperanza real, de esa que no niega el dolor ni las dificultades, sino que aprende a caminar con ellas. Y creo que ahí encontré el equilibrio: en contar que incluso cuando algo no sucede como soñábamos, todavía puede haber amor, aprendizaje y un motivo para seguir creyendo.
¿Cuál fue el principal reto al explicar la ovodonación de una manera comprensible para los niños sin simplificar en exceso el proceso?
El mayor reto fue explicarlo con sencillez, pero sin perder la verdad. Quería que los niños entendieran que, a veces, para que una familia pueda crecer, necesita la ayuda generosa de otra persona, y contarlo siempre desde el amor y la naturalidad.
¿Considera que todavía existen silencios, prejuicios o desconocimiento alrededor de la ovodonación?
Sí, todavía existen, sobre todo por el miedo a perder esa carga genética o por las dudas sobre los parecidos físicos. Creo que todavía necesitamos hablar de la ovodonación con más naturalidad y entender que un vínculo no se construye solo desde la genética, sino también desde el amor, el cuidado y la historia compartida.
El cuento no pretende sustituir una explicación médica. ¿Cómo recomienda a las familias utilizarlo para iniciar una conversación con sus hijos?
Para mí, los cuentos son puentes. Nos ayudan a poner palabras a cosas que a veces no sabemos cómo explicar. Y las ilustraciones son fundamentales, porque acercan la historia al niño, le ayudan a comprenderla y muchas veces son ellas las que despiertan sus primeras preguntas.Son sin duda una herramienta fundamental para que los padres puedan iniciar esas conversaciones con los pequeños de las casas.
¿A partir de qué edad considera que los niños pueden acercarse a esta historia?
Creo que puede acercarse a la historia desde los 4 o 5 años, cuando empiezan a surgir preguntas sobre de dónde vienen los bebés o cómo se forman las familias. Después, a los 7 u 8 años, la conversación puede ir un poco más allá. Más que una edad exacta, lo importante es adaptar las palabras a cada niño y acompañar sus preguntas con naturalidad.
¿Cómo fue el trabajo conjunto con la ilustradora Laura García Gómez?
Fue casi un regalo de la vida. Coincidimos por casualidad en un tren; ella iba dibujando, estudiaba ilustración en Valencia y yo llevaba tiempo buscando a alguien que supiera poner imágenes a lo que yo había escrito. Empezamos a hablar y todo fluyó de una manera muy natural. Encontrarla en aquel momento fue una auténtica bendición y, desde entonces, sentí que era la compañera de viaje que necesitaba este cuento.
¿Qué aportan las ilustraciones a las emociones y al mensaje que quería transmitir?
Para mí, las ilustraciones consiguieron poner rostro y emoción a muchas cosas que yo había sentido mientras escribía. Laura supo llevar al dibujo la ternura, la espera, la tristeza y también la esperanza. Hubo imágenes en las que sentí que había entendido exactamente lo que yo quería contar, incluso más allá de las palabras.
Para los niños las ilustraciones son la base de cualquier cuento.
Esta es su cuarta obra con Editorial Gusanillo. ¿Qué ha cambiado en usted como escritora desde su primer cuento?
En realidad, este es mi quinto cuento infantil, aunque es el cuarto con Editorial Gusanillo. Desde el primero he aprendido mucho, claro, pero en el fondo sigo siendo la misma: una escritora muy implicada en la educación emocional de los niños y con muchas ganas de ayudarles, a través de los cuentos, a entender mejor lo que sienten. Sentarme a hablar con ellos y que encuentren un sofá para lo que les preocupa sigue siendo mi principal objetivo.
Sus libros anteriores han tratado asuntos como el alzhéimer, el TDAH y la salud mental. ¿Por qué elige cuestiones que pueden resultar difíciles de explicar durante la infancia?
Porque alguien tiene que hacerlo —risas—. Siempre he sentido una conexión muy especial con los niños y con su forma tan limpia de mirar el mundo. Yo siempre digo que son los verdaderos maestros: preguntan sin prejuicios, sienten con mucha verdad y nos obligan a los adultos a explicar las cosas de una manera más sencilla y más honesta.
Su formación y experiencia profesional en Enfermería, ¿influyen en la elección de los temas y en la forma de tratarlos?
Sin duda alguna, sí. Mi primer trabajo como enfermera fue en Nefrología Pediátrica, con niños que esperaban un trasplante de riñón. Yo tenía solo 21 años y, muchas veces, sentía que ellos conocían el mundo hospitalario y emocional mucho mejor que yo. Creo que a aquellos niños les debo gran parte de mis ganas de hablar de salud física, mental y emocional de una forma cercana y comprensible.
¿Cree que la literatura infantil puede ayudar a normalizar los distintos modelos familiares y las diferentes formas de llegar al mundo?
Sí, totalmente. Los niños tienden a verse reflejados en los personajes de los cuentos, y eso les ayuda a entender que hay muchas formas de ser familia y muchas maneras de llegar al mundo. Cuando se reconocen en una historia, sienten que su realidad también tiene un lugar y que puede contarse con absoluta naturalidad.
¿Qué le gustaría que comprendiera un niño después de leer La semilla que soñaba con ser niño? ¿Y qué mensaje espera que reciba un adulto?
Me gustaría que un niño comprendiera que su historia es válida, sea cual sea la forma en la que llegó al mundo, y que siempre hay amor detrás de ella. Y al adulto le diría que no tenga miedo de hablar: los niños suelen entender mucho más de lo que creemos cuando les hablamos con verdad, sencillez y cariño.
¿Dónde pueden encontrar el libro las personas interesadas y habrá presentaciones o encuentros con lectores?
Pueden adquirirlo en la web de la Editorial Gusanillo o pedirlo en cualquier librería de su barrio. También pueden ponerse en contacto directo conmigo a través de Instagram @graciasvidaobra , de este modo se los enviaría firmado por mí con una dedicatoria, mucho más personalizado.
Tanto en la web de la editorial como en mis redes sociales siempre comunicamos las novedades acerca de ferias de libro donde acudo a firmar o cualquier otra actividad relacionada con mis cuentos.
Después de abordar la ovodonación, ¿tiene ya algún nuevo proyecto o tema sobre el que le gustaría escribir?
Sí, vienen dos proyectos en camino. Uno habla de la separación de los padres y de cómo acompañar emocionalmente a los niños en ese proceso. El otro gira en torno a la importancia del lenguaje y de cómo las palabras que usamos pueden influir en la forma en que un niño se percibe a sí mismo y entiende el mundo.
Si tuviera que resumir en una sola frase el mensaje que desea dejar a las familias con este cuento, ¿cuál sería?
Hablemos con verdad a nuestros hijos, con palabras que puedan entender y con el amor suficiente para que nunca sientan que su historia debe esconderse.
Rosa, muchas gracias por atender a El Cántabro y por acercarnos una obra que busca ofrecer a las familias palabras e imágenes con las que explicar una realidad tan íntima y compleja. Le deseamos mucho éxito con La semilla que soñaba con ser niño y con sus próximos proyectos literarios.